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lunes, 24 de mayo de 2010

Crónicas de un muerto parte III: Condenado a pena de vida

[Continuación]

Seguían transcurriendo los días y mi deseo de regresar a la tierra era más intenso. Definitivamente este no era mi lugar aún, pues yo veía que los que habían muerto naturalmente no estaban incómodos en este mundo, y sin embargo, yo no terminaba por encajar del todo.

Por tanto, mi cerebro comenzó a trabajar maquinando una manera de regresar a la vida, pero no se me ocurría nada que me sirviera.

Hasta que en un momento dado escuché la conversación de mi amigo con otro compañero de habitación que me parecía muy monótona; estaba muriéndome de aburrimiento cuando, de pronto, escuché algo que me llamó poderosamente la atención: -¿Supiste que El Tumbaburros (uno de los habitantes de aquí así apodado) fue castigado?
Preguntó mi amigo, a lo que el otro le respondió:
-Sí, lo juzgaron culpable y regresó a la tierra con algunas penitencias por pagar.
No escuché más, porque entonces sabía cómo regresar a la tierra: tendría que cometer alguna transgresión a la ley muerta e ir ante el tribunal de justicia de la nación.

Inmediatamente le comuniqué a mi amigo mi plan y él estuvo dispuesto a apoyarme, era una tarea sencilla e infalible: haríamos un movimiento de protesta contra el estilo de estancia que teníamos, quejándonos del alimento, de las comunicaciones, de las diversiones y sobre todo del acomodo en nuestras cabañas. Mi amigo me aseguró que entre los muertos por aburrimiento no faltaría gente que apoyara nuestro movimiento, y que él se encargaría de reclutar gente suficiente para hacer un gran revuelo.

Al día siguiente, ya teníamos numerosos seguidores en nuestra protesta, (todos vestidos de blanco por supuesto) pasando por calles y destrozando anuncios, parando el tráfico, inquietando a los honrados comerciantes a los que les imposibilitábamos la venta de su alimento, y hasta un plantón hicimos en la playa a orillas del mar Muerto.

Por fin y como cierre a nuestro programa de actividades, nos plantamos justo enfrente al edificio de gobierno y entonces, como líder de aquella chusma, me puse a dirigirlos en una gritería estruendosa con estas palabras:
-¡Compañeros, estamos aquí reunidos hoy para rezongar por el maltrato a nuestra dignidad como personas! ¡Merecemos un mejor alimento, una mejor murienda o estancia, mejores diversiones, más cultura, más comodidades, comunicaciones, etc!
Entonces todos prorrumpieron en aplausos y urras, y proseguí:
-¡Así que todos juntos gritemos fuerte y exijamos nuestros derechos!
¡Denme una HACHE!
A lo que respondieron estruendosamente:
-¡HACHE!
-¡Denme una Ú! -continué animado.
-¡Ú!
-¡Denme una ELE!
-¡ELE!
-¡Denme una GE!
-¡GE!
-¡Denme una Á!
-¡Á!
-¿QUÉ DICE?
-¡HUUUULGAA, HUUULGAA, HUUULGAAA…!
Algo no estaba bien… ¿qué faltaba? ¿Por supuesto! Entonces hice seña de que callaran y dije:
-¡Denme una É!
-¡É!
-¿QUÉ DICE?
-¡HUUULGAAA-EEE, HUUULGAAA-EEE, HUUULGAAA-EEE…!

Bueno, no era perfecta pero al menos, había logrado iniciar La Revolución de los Muertos.

No se hizo esperar la reacción de las autoridades e inmediatamente, aparecieron numerosas patrullas negras que comenzaron a someter a todos los rebeldes, y una comitiva aún mayor procedió a apresarme a mí. Muchos de los muertos que estaban conmigo en el movimiento trataron de escapar, y varios lo lograron, pero otros cayeron en las garras de la ley.

Yo no me hice del rogar, pues ese era mi propósito, así que me esposaron y me encerraron por un día entero en lo que se resolvía la fecha en que sería juzgado.

Me dieron un abogado y me dijeron mis derechos, y entonces me dieron la fecha.

No cansaré al lector con numerosos detalles jurídicos, solo diré que el jurado estaba sumamente predispuesto contra mí… lo había logrado. En seguida se propuso la pena de tortura eterna para el acusado, pero mi abogado presentó el discurso de defensa para mitigar y ablandar la pena en mi contra propuesta, del cuál escribiré frases de las más importantes:
-Señores del jurado, honorable juez, personas que nos acompañan: Con este discurso pido que se reduzca la pena de mi defendido, pues el movimiento que él comandaba y que nombró “Hulga-e”, no duró más que medio día, así que pido indulgencia, clemencia, benevolencia, prudencia, solvencia y abstinencia en la pena propuesta por el fiscal que acusa…
-¡Protesto! –interrumpió el fiscal—este hombre no merece otra cosa más que la pena de tortura eterna, ¡y así lo exijo al jurado…!
-Silencio, acusador: la palabra la tiene el abogado defensor -lo increpó el juez, y mi abogado iba a continuar con su letanía, pero yo decidí interrumpirlo para presentar algo en mi defensa:
-Su señoría, si me es permitido hablar en lugar de mi abogado, diré que no estoy de acuerdo con la pena propuesta como castigo para mí, y claro, no iba a ser de otra forma. Pero lo que sí digo es que nuestro movimiento fue justificado... ¡porque nosotros tenemos derecho a algo mejor! ¡Estos son nuestros valores! ¡Y si no le gustan mis valores pues entonces…! Tengo otros que tal vez le gusten más. Yo había oído de la pena de regresar a la tierra a los culpables de diversos delitos, además de una penitencia o penitencias qué pagar. Si a su señoría le parece bien concederme esta gracia, le estaría graciosamente agradecido por siempre jamás, amén.

Entonces, hubo deliberaciones entre el jurado que duraron 10 segundos, porque según pude advertir, todos estaban muertos de sueño y no querían alargar más el juicio. Al final, el juez leyó el veredicto, el cual efectivamente fue a mi favor.
-Señor David Cabeza de Vaca (así se me había registrado en aquel mundo), es usted culpable y se le condena a regresar a la tierra sin goce de buena suerte. Usted estará salado por el resto de su vida mortal en el amor, la fortuna y la fama. Nunca obtendrá dichos beneficios en su vida, hasta que regrese a este mundo impulsado por la naturaleza. ¡He dicho! Se cierra el caso.

Los festejos por mis apoyadores no se hicieron esperar, mientras que el fiscal echaba espuma por la boca. Se encomendó a un oficial muy grande y corpulento llevar a cabo la sentencia de regresarme a la tierra, encadenado yo, y cuando me dejara en ella, aplicarme la mala suerte en mi sangre y luego dejarme libre.

Me despedí de mi amigo con lágrimas y abrazos, prometiéndole que lo extrañaría a morir. Me despedí de una muertita hermosa con quien había empezado a tener tratos, y es que era muy guapa, estaba como quería… y al fin, nos dispusimos a dirigirnos a la tierra.

Cuando el guardia me puso sobre la faz de la tierra, me inyectó la mala suerte en mis venas y luego me quitó las cadenas. Aparentemente, él se había encariñado conmigo y no me puso toda la que estaba prescrita por el juez: entonces le dije: “¡Bah! Al fin que sigue siendo la misma que tenía antes de morir.”

Y él, como toda respuesta, tiró de mis cabellos dejándome otro pedazo de frente descubierta, ahora estoy como casa de Infonavit: con tres metros de frente. Entonces, desapareció.

FIN

***************************

Agradecimientos:

Primeramente, agradezco infinitamente y con todo mi corazón a la señora agresiva que logró crear esta historia mediante su hermoso carácter, al lograr que me estrellara en el poste y surgiera esta historia.

A mi hermana, que me ayudó a crear y mejorar ideas del texto.

A Danielov, quien estuvo presente con los detalles técnicos, además de apoyarme siempre.

A todos mis lectores, de todo corazón.


Nota final:
Ahora que he revivido, he juzgado necesario cambiar cosas en mi vida, y mejorarlas para beneplácito propio y de los demás. Así mismo sucede con este blog; a partir de ahora continuamos con las mejoras en el aspecto visual, para el agrado de mis lectores. Todo esto gracias a Danielov, quien merece menciones honoríficas. ¡Que sigan disfrutando de este espacio!

jueves, 20 de mayo de 2010

Crónicas de un muerto parte II: Al que muere, Dios no lo ayuda...

[Continuación]

Anoche la pasé fatal: Desde antes de ir a acostarme junto a mis demás compañeros, empezaron las molestias.

Estábamos todos juntos cenando –como ya dije, alimentos perecidos--, cuando tocaron a la puerta un montón de niños muertos de hambre. Pero eso no fue lo que me sorprendió, si no a lo que iban: ¡venían a pedir su muertito! ¡Háganme ustedes el favor…!

Les expliqué que en la tierra solo se acostumbraba pedirlo en una fecha en específico, y no era esta noche pero… aún no terminaba de hablar cuando ya querían lincharme, así que no tuve más que acceder a sus demandas. Entonces, volví a la cabaña, tomé por sus escasos cabellos a uno de mis compañeros, y se los saqué a los niños; luego de lo cual cerré la puerta sin contemplaciones.

Claro, la molestia de los niños era de esperarse, así que arremetieron contra el que expuse ante ellos, dejándolo en una lamentable situación. y además emprendieron una ruidosa gritería y alaridería por espacio de varias horas, hasta que se hartaron y se fueron. Pero mientras no terminaban por largarse, nos fue imposible conciliar el sueño.

Luego, ya que por fin hube de dormir, las pesadillas no me dejaron en paz, y a cada momento despertaba sobresaltado por caras pequeñitas con risas malévolas que me perseguían.

Luego, para acabarla de amolar, les juro por mi honor que a media noche ¡sentí que se me trepó el muerto! Y cómo no, si uno de mis compañeros fue al baño y cuando regresó se equivocó de cama y se me echó encima… Ustedes concordarán que tenía que aplicarle una llave mortal para tirarlo al suelo, ¿verdad?

Así y todo, sobremorí la noche y amanecí. Entonces, uno de los que considero ya mi amigo, porque es con quien mejor conmuero, me invitó a almorzar a un famoso restaurante de la zona, a lo que yo acepté encantado. Según él me dijo, ahí solían acudir diversas celebridades, y yo tenía mucho interés por conocer a alguna.

Dicho y hecho: nada más entrar, alcanzó mi amigo a divisar en una mesa perfectamente bien acomodado y atendido, a nada más y nada menos que uno de mis autores favoritos: Alejandro Dumas. Aunque mi emoción fue grande al pensar en que podría saludarlo e intercambiar algunas palabras con él, también he de reconocer que hubo parte de desilusión al reparar en su aspecto físico, pues yo lo imaginaba diferente a lo que me encontré: no es alto, bien parecido, corpulento ni atractivo; es gordito, bajo de estatura, con gafas de fondo de botella… ah, pero eso sí, no tiene un pelo de tonto, puesto que es calvo.

El problema surgió cuando le hice precisamente ese comentario chusco a mi amigo pensando que nadie nos escuchaba, pero como suele ocurrirme, estaba rotundamente equivocado: a mi amigo se le ocurrió tomar la mesa que estaba justo junto a la del escritor, pero obviamente, yo no lo noté; y cuando le hice el comentario a mi acompañante, Alejandro pudo escucharlo al pie de la letra… quería matarme con la mirada. Fue imposible cruzar una palabra con él, y así arruiné el encuentro más interesante de mi… ¿vida?

Al salir del establecimiento me sucedió algo insólito: justo antes de bajar de la acera para cruzar la calle, estuve a punto de ser atropellado por Caín, que venía huyendo de su hermano Abel que lo perseguía con un machete en la mano. ¡Vaya usted a saber por qué!

Más tarde, procedimos a realizar otras actividades, porque déjeme decirle, estimado lector, que acá no faltan distracciones para matar el tiempo: algunos gustan de jugar a la pelota, aunque son pocos, puesto que el juego es muy aburrido; la mayor parte de los minutos de partido es tiempo muerto. Otros practican natación, tenis, golf, etc. Pero a mi amigo y a mí nos gusta el tiro al negro (acá está prohibido usar el color blanco, se considera una traición a nuestra patria). Aunque siendo sincero, soy muy malo, no acierto ni un tiro aún; y es que ustedes entenderán que para este deporte, hay que ser muy vivo.

*****

¿Saben? A pesar de que no puedo quejarme del trato que se me da por acá, y tampoco puedo decir que no tengo cosas interesantes qué hacer, sigo teniendo un fuerte deseo: ¡me muero por regresar a la tierra!

Continuará...

lunes, 17 de mayo de 2010

Crónicas de un muerto Parte I: Lleno de muerte

Nota al lector:

Este escrito fue pensado y redactado con el afán de hacer sátira, o burla, de algunas situaciones y creencias populares. Téngase en cuenta en todo tiempo, que el autor no fue persuadido a creer en éstas. Todo lo aquí expuesto es completa y absoluta ficción.


[Continuación]

Aparentemente, la mujer/señora/ruquilla/viejaloca, solamente cesó de impropierarme al ver lo que me había escurrido. Y es que saltó una cantidad estratosférica de fluídos procedentes del interior de diversas partes de mi cabeza, o al menos de eso me enteré después, porque como había dicho, en ese momento yo era un ignorante debido a que perdí por completo el conocimiento.

Me transladaron al nosocomio más próximo a la zona, y procedieron a intentar mantener el espíritu o aliento de vida en mi cuerpo, sin éxito.

Así pues, ese fatídico día dejé de existir en la forma como la mayoría de ustedes me conocieron.

Sin embargo, como ya habrán podido notar, sigo existiendo de algún modo y en algún lugar, así que procedo a explicarles de forma sencilla lo que parece haber ocurrido.

En este momento me encuentro en “Lejano Lugar”, capital del estado “un Rinconcito”, situado en el país “Cerquita del Cielo”. Este pequeño pueblo está a costas del mar Muerto, y a unos ocho kilómetros de nuestro paradero, hacia el norte, está el cerro del Muerto.

Aquí es donde estoy residiendo por el momento junto con otros compañeros que se encuentran en el mismo estado que yo, y hay de diversas condiciones –que aquí las llamamos sociales-: unos murieron de inanición, otros de aburrimiento, unos más de espanto, y uno que otro de muerte natural, si así le podemos llamar.

No es el cielo, pero tampoco es el infierno, solo es el mundo de los muertos; donde te proporcionan lugar donde dormir, un poco de recreación y por supuesto alimento; aunque aquí no hay alimentos perecederos, porque todos ya han perecido.

Además, si ustedes habían oído de la fama que tienen los muertos de ser muy chocantes, serios y sobre todo apretados, pues sí, es correcta principalmente esa última denominación: a veces llegamos a morirnos… perdón, dormirnos unos 10 en cada habitación (o bueno, no es una habitación, porque ya no habitamos…) así que ustedes verán si son apretados o no.

*****

Ahora bien, ya pasando a otros temas antes de proseguir relatándoles mi vida en estos parajes, les platico como me enteré de mi muerte, y además les diré de qué morí exactamente.

Resulta ser que cuando llegué aquí, se me explicó que yo seguramente había perecido en aquel mundo y que ahora iba a existir en éste, a menos que sucediera algo extraordinario dentro de los siguientes minutos en los que, por cierto, no ocurrió nada. Luego de eso, me preguntaron si deseaba regresar unos minutos a la tierra para, tal vez, arreglar cuentas pendientes, jalarle las patas a uno que otro que me hubieran hecho sufrir en aquella vida, a despedirme de mi familia y amigos o bien, solo asistir al lugar donde tuvieran el cadáver de mi cuerpo muerto ya fallecido.

Elegí esta última, y me fue concedida; así que instantáneamente me encontré en un hospital junto a una camilla rodeada de numerosos matasanos… bueno, perdón, a mis compañeros no les gusta que haga alusión a esas cosas, mejor digámosles médicos, que por cierto eran forenses.

¿Por qué forenses? Pues porque llegué justo en el momento en que realizaban mi autopsia, y estaban muy entretenidos abriéndome en canal de punta a cola para verificar el motivo de mi fallecimiento, aunque a mí se me hace una estupidez, puesto que el pedazo de cráneo que quedó intacto da testimonio fidedigno de la causa de mi muerte.

Aún así, aquí les escribo cual fue, según estos doctorcitos, la causa exacta de mi muerte y en términos científicos además: Fue un “traumatismo encefálico seguido por una congestión nasal en el ventrículo izquierdo del intestino grueso, provocando así la inflamación del hígado, según entran al área abdominal a su derecha, por lo cual se derramó el córneo recipiente y se zafó la chafaldrana de la espiroqueta". Me imagino que más claro no puede estar, ¿verdad?

En fin. Por esta vez, me retiro. Ya va siendo hora de dormir, además que aquí espantan. Y a partir de que se oscurece, las líneas quedan muertas… ¡Estos servicios de comunicación del asco! Me quiero morir… uuups.

Continuará...

viernes, 14 de mayo de 2010

Crónica de una muerte estúpida

El 13 de mayo del presente año, sucedió un suceso que, en lo sucesivo, no estaba contemplado y que, por supuesto, no deja de ser sobresaliente.

Hallábame caminando por los intrincados callejones de nuestra, aunque fea, querida ciudad, cuando de repente escurrió una idea por mi cabeza abriéndose paso entre mis tormentosos pensamientos. Dicha idea fue intensificándose, hasta que, convirtiéndose en una necesidad imperiosa, tuve que ponerlo en práctica.

Así pues, me detuve al frente de un ostentoso portón de lo que supuse, era una lujosa casa, cuyos dueños debían estar atiborrados (o coloquialmente, “forrados”) de dinero. Misma razón por la cuál mi sentimiento fue más fuerte, decidiéndome así a realizar mi proyecto. Inmediatamente me puse en movimiento, y colocando mi cuerpo en posición erecta, procedí a pararme sobre las puntas de mis pies, y estirando, asimismo, mi mano derecha para lograr mi propósito, presioné el botón que, mediante un mecanismo eléctrico, produjo un sonido muy peculiar que indicaba a los amos de dicha casa que había una persona en las afueras de ésta y que tendrían que abrir la puerta.

Exactamente luego de haber logrado mi cometido, procedí a imprimir velocidad a mis movimientos, y, mediante el impulso de mis extremidades inferiores, alternándolas una después de la otra, me fui corriendo.

Definitivamente esto no fue del agrado de la señora que atendió a la puerta, y el lector lo entenderá cuando le relate lo siguiente: Al asomar ella su mirada, notó que la persona que había hecho sonar el timbre ya no estaba ahí, por lo cual procedió a asomarse por completo a la calle y, con dicho proceder, pudo descubrir mi paradero, luego de lo cual concluyó que yo había sido el culpable de haber interrumpido sus quehaceres y que, además, era por nada de importancia.

¡Imagínese, oh caro lector, su indignación! Emprendió una gran gritería, impeliendo numerosas expresiones peyorativas alusivas a su servidor, y la familia de éste.

Claro, era lógico que al ver el enrojecimiento de su rostro y escuchar los sonidos que brotaban abruptamente de su boca y que llegaban en ondas a mis oídos, cojiera mucho más miedo, e imprimiera mayor velocidad a mi andar, aunque nunca descubrí cómo lo logré.

Sin embargo, todavía ocurriría otra cosa: Al percibir toda aquella escandalería, procedí a inclinar levemente mi cabeza hacia mi lado izquierdo, favoreciendo la acústica y logrando así que las ondas del sonido producido por las cuerdas bucales de la señora llegaran más claramente a mis órganos auditivos. Debido a lo anterior, gran parte de mi atención que antes estaba concentrada en el camino que recorría a grandes velocidades, se vió atraída y distraída de su tarea primordial.

Entonces, unos metros más adelante, sucedió lo inevitable: Un poste de "material" (well, whatever that means) se interpuso entre el camino y yo. Ocurrióme entonces lo más desagradable que puede sucederle a un mortal como yo: la coalición fue brutal, devastadora.

Luego del cruel impacto, mi cuerpo se desplomó víctima de la ley de la gravedad, quedando de bruces en el suelo caliente de la acera. El sentido escapó, huyó despavorido de mi cabeza, y por consiguiente, de mi cuerpo entero. Entonces, no supe más de él.

¿Qué me sucedió? ¿Cómo es que ahora lo relato? Son preguntas que no contestaré específicamente, solo puedo decir que el título de la entrada es demasiado gráfico.

Continuará...